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Víctimas de El Salado recuerdan tragedia a través del silencio

By 13 de julio de 2012No Comments

Palabras de Simón Hosie, arquitecto que diseñó la Casa de la Cultura de El Salado (Bolívar).

Quiero decir algo del silencio. Voy a caer en el absurdo de referirme a algo que es lo contrario a la palabra. El silencio del que quiero hablarles es de un solo hombre, al que conocí aquí, junto con su esposa. Lo que sé de él, lo sé por ella. Porque él, Papá, como prefiero decirle para guardar su nombre en el anonimato, es un hombre del silencio. (Lea también: Alias ‘Amaury’ aceptó cargos por la masacre de El Salado).


Mamá, en cambio, habla de todo. Ella me relató la vida de su esposo bajo el árbol de cocuelo, el día en que la comunidad se reunió para hacer la limpieza de la cancha. Me contó cómo se conocieron, qué comían, cómo era El Salado de día y de noche, mientras Papá y yo la escuchábamos desde distintos silencios.

La voz de Mamá es calmada, pero llena de vitalidad. A Papá le molesta que cuente todo con detalle, pero no hace nada, prefiere decirle las cosas más bellas con los ojos, dejarla expresar cada palabra con el respeto que ella guarda por su silencio. 

A medida que habla y él calla, me voy sintiendo más pequeño. Sus figuras parecen colosales, en especial cuando se toman de la mano para hablar de sus hijos. 

«Cada uno es especial -dice Mamá-, los queremos por igual, pero no voy a negar que el menor es su preferido, así es, porque vivía pegado a él, haciendo todo lo que hacía, trabajando la tierra, alimentando a los animales, eso. Siempre fueron unidos. Al final de la tarde se acostaban a conversar desde el chinchorro. De niño hablaba mucho, en eso se parecía a mí. Papá lo escuchaba hasta que se dormía y el hijo seguía hablando de largo… por eso se acostumbró a preguntarle si se había dormido. Ahora mi hombre no puede dormir sin oír esa pregunta. Él la sigue oyendo todas las noches: «¿Papá, ya se durmió?». Por eso le mandaron las pepas.

Él se las tomo un tiempo, pero después le dijo a la doctora que no la oía más, pero no es cierto, él sigue escuchando la voz de nuestro hijo antes de dormirselo que pasa es que la droga era costosa y desde que salimos de El Salado quedamos con poco, perdimos la tierra y la casa».

«No habíamos vuelto desde la masacre. Estamos de paso. No sabíamos lo de la limpieza de la cancha. A mí me parece bien que esto se haga aquí donde murieron tantos», dice Mamá mirando el piso como si viera más allá de la tierra: «A nuestro hijo no lo mataron aquí, sino en la casa de Alfonso Medina».

«Hace una semana recibimos la carta del asesino. Cuatro páginas en las que pide perdón por matarlo a él y a otras personas. El espacio de la carta en el que pide perdón es corto, pero la lista es larga, por eso tiene cuatro páginas». 

Papá se acomoda en ese momento y mira para atrás. «Veintinueve muertos. Veintinueve personas», enfatiza Mamá, con voz calmada, pero sin vitalidad. 

Papá se voltea y le toma la mano en silencio. Un silencio que supera la ausencia de ruido y la abstención de la palabra.

«Papá no dice nada», continua Mamá. «Papá no pelea, no alega, no exige, ni da perdón… y yo lo respeto, porque estoy de acuerdo con lo que no dice. Nadie puede devolvernos lo que teníamos. Nada puede revivir a nuestro hijo».

***

Yo estaba ahí con ellos. No soy ni seré jamás un hombre de acero. No puedo recurrir al blindaje de mi piel para defender a nadie, pero voy a apelar al amor amarillo en mi pecho para decir lo siguiente: Nuestro proyecto comenzó con el objetivo de reconstruir lo inconstruible. 

Poco entiendo la unidad de tiempo y espacio en términos científicos. Pero me bastó estar al lado de Mamá y Papá un instante de silencio para entender que son indivisibles. Que la reconstrucción del espacio sin el tiempo es un ejercicio incompleto. El Salado nunca será el mismo. Cómo es de duro saber que Mamá y Papá nunca encontrarán a su hijo leyendo en la biblioteca.

Lo admito. El esfuerzo de recurrir a la memoria como una manera de devolver El Salado a su pasado ha sido inútil. Porque si perder un hijo en condiciones normales es enfrentarse a una pena de la que no se sale nunca, como lo expresó Sábato, entonces la ilusión de regresar a Mamá y Papá a la vida que compartían con sus hijos hace trece años en este pueblo es, dolorosamente, imposible. Hay cosas que solo pueden evitarse. Es en este sentido que nuestro esfuerzo ha sido inútil. Inútil como el silencio de quienes renuncian a la palabra.

Yo quería hablarles de esta renuncia. Del silencio de hombres y mujeres que encuentran la paz que no hay afuera, adentro, en el único estado creado para todos los seres del universo, la intimidad. Alejados del ruido y la palabrería. (Lea acá: Presidente Santos pide perdón a las víctimas de El Salado).

Poco entendemos en Colombia la cultura silenciosa, porque nos obliga a profundizar más allá de la palabra. Porque nos exige convertirnos en el otro para entenderlo desde nosotros mismos. 
Nos hemos encargado, por el contrario, de pordebajear todas las expresiones del silencio, todas las formas culturales moldeadas por la geografía y el paisaje humano en su enorme diversidad y mestizaje.Confundimos el valor con el precio, el gusto con el estilo y el silencio con la mudez, pero son cosas distintas. 

Es probable que no haya logrado expresarme con la suficiente elocuencia, por eso prefiero cederle la palabra a un hombre que vivió el silencio como ninguno, y que lo rompió para darle voz a alguien que, como Papá, renunció a todas las formas de poder y de fuerza. Las siguientes son las palabras de Charles Chaplin en 
El gran dictador: »Lo siento. Pero no quiero ser un emperador. No quiero dirigir ni conquistar a nadie. Querría ayudar a todos si fuera posible. (…) La vida puede ser libre y bella, pero hemos perdido el rumbo. (…) La codicia nos ha envenenado el alma, nos ha sumido en el derramamiento de sangre. (…) Pensamos demasiado y sentimos demasiado poco. Más que maquinaria, necesitamos humanidad. Más que inteligencia, necesitamos cariño y ternura. 

Sin estas cualidades la vida será violenta, y se perderá todo».
Nosotros perdimos una generación entera en El Salado. Un pueblo de gente que afirma haber sido feliz teniéndolo todo: una familia, cinco vacas, diez gallinas, dos cerdos, una casa, un rancho, una finca y un televisor. Lucho Flores y Eneida, entre otros, decidieron regresar hace diez años para buscar lo perdido de un pueblo que giraba en torno a una cancha de fútbol (así de hermoso) y enfrentar los recuerdos.

No podemos revivir a los que se fueron para siempre, pero podemos revivir lo que querían en la vida, lo que amaban de su pueblo. Podemos acompañarlos hasta donde eran sus tierras en el frescor de la madrugada y entender por qué su vida giraba en torno a ellas; entrar a su rancho por el lado del afecto; acompañarlos en silencio. Hacer memoria y escuchar las voces de sus hijos.

Yo quería escribirles a Mamá y Papá una carta en la que nadie se librara de la pena, y leérselas aquí delante de todos, para que se sintieran acompañados en su silencio. 

Tal vez sea este el objetivo de la Casa del Pueblo: leernos los unos a los otros. Crear un escenario en el sentido más bello de la palabra, para la intimidad y el silencio. 

Espero que aquí logren ser ustedes mismos. Espero que logren convertirse en otros como Chaplin, en auténticos vagabundos o lavanderas. No voy a dedicarle estas últimas líneas a la utilidad de la guerra ni a la lucidez de la justicia, prefiero resaltar el valor de las luchas más inútiles y bellas. Quisiera quedarme sin palabras por las razones correctas. Permítanme ahondar en el silencio de Mamá y Papá. En su fuerza y humildad. En su tolerancia. En su honestidad. En su dolor. Y en su paz, desde esta tierra donde olvidamos lo que significa «ser vivo». (Siga este enlace para leer: Por masacre de El Salado alias ‘Amaury’ deberá responder por 5 delitos).

Deberíamos devolverle a la cultura (desde su fondo más incluyente) y al arte (en su estado más puro) el poder y el lugar en el centro de nuestros pueblos. Mamá y Papá son cultos. Por eso voy a repetir esto último con su propia ortografía: «De pronto algún día podemos debolvernos a vivir en el corasón de nuestro pueblo».


Hosie, arquitecto social
 
Antes de hacer un plano, Hosie escucha las historias de los pobladores, para entender su mundo. Lo hizo siendo estudiante,con damnificados del terremoto de Armenia y luego en Guanacas (Cauca), ya graduado, donde con todo un pueblo indígena levantó una bilbioteca de guadua, que obtuvo la Bienal de Arquitectura 2004.

http://www.eltiempo.com/justicia/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-12026489.html

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